Hablar de los pueblos es hablar de su gente. De personas que suelen pasar desapercibidas pero sin las que el mundo rural dejaría de existir. Sus pobladores son el alma y el corazón de una España que les vio nacer, partir hacia un futuro mejor y regresar cuando el destino lo permitió. Isabel Baena es un claro ejemplo de ello.

El municipio abulense de Bonilla de la Sierra transmite paz. El silencio durante el día tan solo se ve alterado por las labores rutinarias de sus escasos habitantes. Pero no siempre fue así. En la década de los 30 del siglo pasado el Instituto Nacional de Estadística señala que en el conjunto de Bonilla y sus anejos Cabezas y Pajarejos, 1.061 eran las personas que oficialmente tenían aquí su residencia, con familias numerosas de entre seis y diez hijos. Isabel Baena pertenecía a una de estas familias.

Nacida en 1929, era la quinta de siete hermanos a los que la guerra civil española apenas afectó. En Bonilla la ausencia de bombardeos dejó paso a la escasez de algunos alimentos que, en su caso, las vacas, ovejas, gallinas y cerdos que su padre tenía ayudaron a mitigar, complementado con la cosecha del huerto.

La niña Isabel disfrutó entre juegos en la plaza y la escuela, dividida en dos: el bar actual era el espacio dedicado a los niños y el salón a las niñas. En su memoria dos profesoras: Pilar, que vivió de alquiler en su casa algunos años, porque no tenía otro lugar. Y Sagrario, prima de la madre de Isabel, quien llegó años más tarde, habitando la casa construida para los maestros tiempo después, junto a su marido Pedro, profesor de los chicos.

Eran tiempos en los que Bonilla lucía de manera diferente. Sin calles empedradas. Sin agua ni luz en los domicilios. Y sin medios de automoción para desplazarse. “Pero era un tiempo feliz”, afirma.

Para alumbrarse usaban un candil de carburo o aceite. La ropa se lavaba en el río. Cuando llegó el momento de ayudar en casa, Isabel Baena recuerda el dolor de uñas en el frío invierno al volver con la ropa limpia. Ir a por agua para beber y cocinar se convertía en una atracción para los jóvenes que acudían a las fuentes con los burros y aguaderas de cuatro cántaros. Burros que tenían que soportar, en algunas ocasiones, las trastadas de sus dueños al ponerles un cardo en el rabo para que el paso fuera más rápido. Animales que se convirtieron asimismo en su mejor medio de transporte para hacer las compras en Piedrahita y volver con las albardas y alforjas repletas de productos necesarios.

Los días de matanza, en diciembre, se volvieron de fiesta al juntarse la familia entera. Aunque para días especiales todos los domingos del año, resalta, porque “Tío Matrón” y “Tío Liria” amenizaban el baile. El primero con un gran tambor y el segundo con una flauta hacían que mozos y mozas bailasen, mientras los padres observaban alrededor de la plaza.Isabel Baena 2-Bonilla de la Sierra-Ávila-España

Hacerse mayor significó que los chicos la rondasen. “Se paraban en la ventana de tu habitación, con una guitarra que no sabían tocar, y cantaban. Pero no podíamos salir a verlos. Nos quedábamos en la cama escuchando”, revela. Y tras esto el primer amor: un novio molinero de Mesegar con el que no duró mucho tiempo. Después se enamoraría del hombre de su vida: Jesús Benito, con quien se casó en 1959, vestida de blanco. No hay fotos que acrediten el momento pero la mejor imagen la guarda en su retina.

Bonilla no les ofreció las oportunidades que buscaban. Isabel y Jesús comenzaron un periplo por diferentes ciudades en las que encadenaban un trabajo con otro hasta que Salamanca se convirtió en su “refugio”. Un hostal que regentaron durante varios años les permitió tener la vida que habían buscado. Pero siempre con la añoranza de Bonilla y el deseo de volver. Una vuelta a los orígenes que propició la jubilación y de la que disfrutaron juntos hasta que el corazón de Jesús dejó de latir en 2019. 50 años de feliz unión matrimonial. ¿Cómo surgió el amor? Isabel no sabe responder a la pregunta, tal vez porque no hay que hacer preguntas al amor. Cuando aparece solo hay que sentirlo y vivirlo, como ellos hicieron.Isabel Baena 3jpg-Bonilla de la Sierra-Avila-España

La ausencia de Jesús ha marcado su futuro. Isabel no ha vuelto a salir a la calle desde que él falleció. Tan solo alguna vez hace un pequeño recorrido en coche con una de sus nietas para ver cómo está Bonilla. Y así los días se suceden sentada en su jardín, observando la sierra que tanto echó de menos, en compañía de algunas amigas que tarde tras tarde acuden a lo que se ha convertido en un “pequeño club social”. Y con la incomparable presencia de su familia.

Mientras las horas pasan observando el maravilloso paisaje, Isabel, a sus 93 años, manifiesta que quiere seguir viviendo. Una frase que resume el carácter luchador de esta bonillense que mantiene la ilusión por la vida y el amor hacia una hijas, nietas y bisnietas (la segunda en camino) a las que no quiere dejar de ver. Ni a su pueblo. “Bonilla para mí lo es todo y no me quiero volver a ir de aquí”, reflexiona.

La noche se cierne sobre Bonilla. El silencio se hace más patente pero siempre volverá a nacer un nuevo día. Y en ese momento el latido de la vida resurgirá en una perfecta simbiosis entre Isabel y el resto de bonillenses, dando sentido a la España rural.

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