Hay momentos en los que necesitamos “perdernos”. Desconectar del mundo. Hacer la maleta y embarcarnos hacia un turismo sin reloj que nos devuelva la paz con nosotros mismos. Que nos aleje de un estrés que se ha convertido en una incómoda segunda piel.

Esa búsqueda nos lleva inevitablemente al mundo rural. A pueblos como Bonilla de la Sierra, en Ávila, en los que la vida nos impregna con su propia magia. Un lugar donde el silencio habla porque, a pesar de sus calles prácticamente solitarias, la grandeza de su historia narra, a través de su colegiata, su castillo, su muralla o su pozo, retazos de su pasado medieval.

La naturaleza ofrece una melodía de sonidos con los que compone su propia banda sonora, Y el viento nos susurra, desde la Cruz del Risco, que la prisa no tiene espacio porque el tiempo se ha detenido. Nos lo muestra el vuelo de unas cigüeñas que hace años hicieron de Bonilla de la Sierra su lugar de “veraneo”, como hace siglos ocurrió con los Obispos de Ávila, que tanta gloria le dieron. Los bonillenses, con su lento andar hacia sus rutinas diarias, El escaso ganado que pasta, mirando de soslayo al visitante que se acerca con extrañas intenciones. Y un cielo, con colores tan maravillosos, que hace las delicias de los amantes de la fotografía. Tan solo hay una excepción: las estrellas fugaces, tan veloces, que rompen el ritmo de uno de los pueblos más bonitos de España. Un espectáculo de noches estrelladas imprescindible en época estival, junto a la visita de un pozo, el de Santa Bárbara, al que las luces le dotan de un embrujo especial.

Y cuando el visitante ha olvidado que los minutos siguen corriendo, las campanas de la iglesia le recuerdan, con su tañer, el paso de las horas. Una, dos, tres… campanadas que hacen que el turismo sin reloj resulte inolvidable en Bonilla de la Sierra, un lugar con encanto.