Necesitamos vivir. Vivir en mayúsculas. Olvidar términos como la nueva normalidad o la nueva realidad.

España es de nuevo “libre”. Libre pero reprimida. Mira de reojo a las personas que no llevan mascarilla. A los que no guardan la distancia de seguridad. A las fiestas ilegales que son una bomba en potencia.

Las ventanas volvieron a abrirse para algo más que para aplaudir a las 8 de la tarde, o para intentar establecer una relación con un vecino que nunca nos importó. Y ahora pretendemos recuperar los meses perdidos. Las horas vacías.

Nunca la movilidad entre provincias nos motivó tanto. Ni deseamos con tanto ímpetu volver al pueblo o a la costa. Lugares donde nos esperan entre una tensa calma y la necesidad de sobrevivir.

Queremos nuestra antigua normalidad, esa que nunca valoramos. Pero para conseguirla debemos convivir con el enemigo, hasta vencerle. Aguardar a la jugada perfecta que le destruya. Al jaque mate en forma de vacuna.

Mientras esta llega, debemos seguir buscando nuestro refugio. Apoyando a una España que nos necesita más que nunca. Que intenta abrirse nuevamente al mundo, adaptándose a lo diferente.

Atrás quedó una Semana Santa sin saetas ni procesiones. El Real de la Feria de Sevilla dejó a un lado sus sevillanas. El Rocío reservó el salto de la verja para mejores tiempos. Las Fallas, en lugar de arder, se consumieron de impaciencia. Y los toros, que deberían correr por las calles de Pamplona, permanecerán en el campo. Sin grandes aglomeraciones, Sin fiestas populares, sin atracciones, España sigue viviendo, que ya es mucho.

Probablemente aquellos que no respetan las indicaciones para evitar los rebrotes consideren que les están coartando su libertad. Pero, deben recordar que la libertad no consiste en hacer lo que nos gusta, sino en tener el derecho a hacer lo que debemos, en la nueva realidad.