España se viste de luto. Las banderas a media asta ondean al viento en un mástil que mira al cielo, homenajeando a miles de personas que no volverán.

El silencio se impone durante un minuto. Sesenta segundos en los que el latido de un país se rinde a sus pies. Un único corazón que palpita al unísono. Y de fondo, una banda sonora sin palabras, pero llena de lamentos.

Los crespones negros predominan de norte a sur, de este a oeste. Grabados a fuego los de los seres queridos que no pudieron verles partir, porque no hay peor despedida que la no despedida. Ni un adiós más amargo que el nunca pronunciado.

Hoy estamos un poco más solos, mucho más tristes. Cada uno de nosotros ha perdido a alguien, aún sin formar parte de nuestro entorno más cercano. Porque somos conscientes de que en la ruleta de la vida, el “no premio” podría haber parado en nuestra casilla y hoy formaríamos parte de este emotivo homenaje.

Con vuestra partida hemos redescubierto la belleza de una existencia que cada día nos da una nueva oportunidad. Lo efímero del ser. La maravillosa sensación de vivir. Y por todo ello solo podemos daros gracias infinitas. Gracias por vuestras familias, vuestro trabajo, vuestro buen hacer, por tantas cosas…

La nación se despide de vuestras almas, hoy más libres que nunca. Os echaremos de menos. Formaréis parte de los anales de la historia de una España que os perdió en una “guerra” contra un enemigo invisible, que no os dio la opción de luchar en igualdad de condiciones. Vosotros sois nuestros héroes, junto a aquellos que libraron la batalla de intentar salvaros.

España se viste de luto riguroso mientras la rojigualda, esa que os acompañó en tantas celebraciones y con la que tanto vibrasteis, os recuerda en cada una de las ciudades y pueblos que tuvieron la suerte de contar con vosotros.

Feliz viaje…