Bonilla de la Sierra conserva la esencia del ayer. Siglos de historia se abren paso entre un silencio que, a veces, duele.

La iglesia de San Martín reivindica su poderío. El suyo y el de todo el pueblo, porque cada una de las piezas que conforman este pequeño puzzle, han elevado a Bonilla a la categoría de Conjunto Histórico Artístico.

La Edad Media encumbró a la “buena villa”. Enamoró al episcopado abulense y este le brindó todo su esplendor. Hoy encandila al turista que, atraído por los ecos de su nombramiento como uno de los pueblos más bonitos de España, admira la belleza de un pasado que reivindica su lugar en el presente.

La España vaciada se impone. Bonilla no es una excepción. Pero como el guerrero que nunca se rinde, planta batalla a los malos tiempos.

Sus calles invitan al visitante a realizar un recorrido que llevaron a cabo legendarias personalidades. El castillo nunca desvelará los secretos que albergaron entre sus muros el padre de Isabel la Católica, o importantes prelados como “El Tostado”. Tampoco podremos saber qué sintieron los judíos que habitaron este lugar, al tener que abandonarlo tras el decreto de su expulsión. Ni el esfuerzo que llevaron a cabo aquellos que dieron forma a la joya de la corona: la iglesia-colegiata, bajo la batuta de Juan de Carvajal, su promotor.

Un paseo por cada uno de los rincones de Bonilla de la Sierra indica su soledad, alterada, de vez en cuando, por alguno de sus escasos habitantes, que esperan que el buen tiempo devuelva la alegría del bullicio.

Las campanas de San Martín resuenan con fuerza. Sus puertas, abiertas, esperan volver a vivir el esplendor de antaño, algo que suele ocurrir en época estival o en su fiesta grande. Y otra de las puertas, la de “la Villa”, recibe a aquellos que se fueron en busca de una vida mejor. Al curioso que espera descubrir algo grande. Y al bonillano, siempre fiel, que nunca abandonará este bello lugar.