Tan solo una palabra sirvió para destruir los sueños. Los tuyos, los míos, los de todos los que te queríamos. Alzheimer, dijeron. Y esa maldita palabra nos acompañó hasta el final.

Aunque la enfermedad también tuvo su lado bonito. Me enseñó a descubrir la niña que llevabas dentro. La gran fragilidad que tantas veces ignoré, ante la creencia de que eras tú quien tenía que protegerme y no a la inversa. O la enorme fuerza que surge ante la adversidad.

El reloj se detiene ante el horrible momento, a sabiendas de que la lucha está perdida. No hay ninguna oportunidad. Solo el deseo de que el olvido no sucumba a los recuerdos a gran velocidad. Que la mirada no se pierda en el infinito.

Pero es inútil. El vacío va haciéndose cada vez más grande. Admirable el esfuerzo por recordar cada pequeño paso. Y cuando los nombres desaparecen, los rostros se difuminan y las palabras enmudecen, solo queda un pequeño gesto, difícil de interpretar.

Tremenda burla de la vida que hace morir dos veces. El Alzheimer primero destruye el cerebro, después el corazón, Dos despedidas para quienes les cuidan y quieren. Un poco morir en vida, en perfecta conjunción con quien tanto les dio.

Mientras los días pasan, encerrados en su propia noche, una caricia intenta resurgir algún sentimiento. Piel con piel, demostrando que el amor no es flor de un día. Que los acompañará en la eternidad. Y cuando ese día llegue, la prisión de una mente que dejó de pertenecerles dará paso a la paz total. De nuevo hacia la libertad.

La música seguirá sonando. Esa que cantabas en tus buenos momentos y que, durante tu enfermedad, volviste a interpretar en los momentos menos duros. Hasta que solo quedaron las notas, de fondo, formando parte de la banda sonora de una vida que siempre permanecerá en el recuerdo. En el mío, el de otros…En el de tu querido pueblo: Bonilla de la Sierra, ese que cuando apenas nada recordabas, grabado en tu memoria, volvías a nombrar.

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