Con el voto de pobreza por bandera, los franciscanos menores descalzos llegaron a Bonilla de la Sierra en el siglo XVI. A tan solo 350 metros del altar rupestre conocido como el Mortero, vio la luz, en 1571, el convento San Matías del Monte, promovido por el bonillense Gaspar Ortuño.

Ortuño, canónigo de Ávila, familiar del Obispo de Ávila Álvaro de Mendoza y de los Duques de Alba, se convirtió en Deán de la Catedral de Calahorra. Como muestra de amor a Bonilla solicitó la fundación de este convento en un solitario lugar llamado “monte santo” . Sus deseos fueron cumplidos en 1571, siendo Ministro Provincial Pedro Xerez. Así se pone de manifiesto en el libro “Franciscos descalzos en Casilla La Vieja. Chronica de la Santa Provincia de San Pablo de la más estrecha regular observancia”, publicado en 1728. (El lenguaje utilizado en el libro es castellano antiguo).

Sin embargo, por la crónica publicada, el comienzo no fue demasiado bueno. Un incendio, que comenzó por el tejado, arrasó con el edificio ante la impotencia de los frailes que nada pudieron hacer. Con el convento reducido a cenizas y sin medios para repararlo, los frailes estaban dispuestos a abandonarlo. Cuenta Fray Francisco de los Santos, autor de este capítulo, que la noticia llegó a su fundador quien lo reedificó, teniendo lugar la segunda fundación en 1577.

En la obra se alaba no solo esta acción sino que se deja patente que Ortuño afirmó que si se quemaba una segunda vez, lo levantaría una tercera.

El texto nos lleva a pensar que los restos del Deán reposaron allí al señalar que “era un patrón singular cuya memoria siempre ha estado presente en este convento, como memorable fue su sepulcro”.

Al morir el Deán, en 1593, y gracias a las limosnas de algunos bienhechores especiales, se llevaron a cabo en el convento de San Matías, en diferentes momentos, obras entre las que se destacan la enfermería y la nueva capilla mayor que costearon los bonillenses y devotos de otros lugares como Doña Jerónima de Vargas de Segovia. La nueva iglesia fue inaugurada en 1791.

Al arreglar el piso, se relata que al trasladar los huesos de los religiosos difuntos, descubrieron algunos cuerpos incorruptos.

En aquella época los frailes contaban con fábricas propias en las que se elaboraban sus hábitos religiosos. En el caso de Castilla La Vieja, Bonilla fue el lugar elegido para poner la misma. En el tomo XX del libro “Memorias políticas y económicas” se hace referencia a la fábrica de paños ordinarios, estameñas y sayales que los franciscanos descalzos tuvieron en Bonilla para el vestuario de sus religiosos hasta 1779. De ahí la fábrica, que, según el libro ya estaba en decadencia, se trasladó a Tordesillas.

Hoy apenas quedan vestigios de su pasado. Tan solo un antiguo muro y una caseta construida con piedras del convento. Aunque muchos de los rincones de la villa contienen su esencia ya que, tras la desamortización de Mendizábal y de Madoz, sus piedras sirvieron para que los bonillenses llevaran a cabo diferentes construcciones personales.

  • Foto de Bienve Frutos
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