|
Madre, no fuimos conscientes del momento en el que se iniciaba nuestra existencia. Ni de que nuestro corazón y el tuyo latían al mismo ritmo. En ese intento por abrirnos paso tampoco percibimos tu dolor. Cómo tu grito y nuestro llanto resonaron, casi a la par, al llegar a este mundo. Aprendimos a caminar de tu mano. A sentirnos seguros a tu lado. A buscar tu refugio en los malos momentos. Y a ser inmensamente felices. En ese andar la infancia se fue perdiendo, Llegó la adolescencia con amores escondidos. Los primeros secretos e innumerables sueños. Mientras tú, nuestra fiel compañera, permanecías junto a nosotros, intentando amortiguar el desencanto de un inexistente paraíso. Todo tiene su tiempo. Y el pájaro abandonó el nido. Voló lejos pero siempre sin perder el rumbo: el del camino a casa, sabiendo que seguías esperando. Las hojas del calendario indican que el tiempo va pasando. Tu pelo se ha vuelto blanco. El pájaro deja de volar tan alto porque aquella que un día le enseñó a andar, necesita su mano. Mientras tus pasos se vuelven más inseguros y lentos, más fuerte es nuestro brazo. Y cuando tus recuerdos son más frágiles, más contundentes los nuestros. La vida cambia los roles y la madre se vuelve niña. Con el amor por bandera, sigues dando sin pedir casi nada a cambio. Tan solo una mirada cómplice. Una caricia amable. Una sonrisa. Un te quiero, que a veces nos cuesta tanto. Y un día, cuando te vas, pensamos que el cordón umbilical, ese que cuando nacimos cortaron, se rompe para siempre con tu partida. Hasta que nos damos cuenta de que es en ese momento cuando el cordón sigue más unido que nunca, porque tú siempre estarás a nuestro lado. ¡Te quiero, madre! Gracias por darme la vida, tu mejor regalo. |









