Agosto: maletas, descanso, vacaciones, aires de libertad. Los pueblos de España esperan la vuelta de sus hijos pródigos. A los turistas ávidos por conocer nuevas localidades. A la vida que vuelve a renacer.

El mundo rural se convertirá, durante días o semanas, en el “refugio del guerrero” que abandona los objetivos empresariales y las armas de la competitividad y la productividad. Como los dispositivos electrónicos, llevaremos a cabo una desconexión total de la rutina, sumergiéndonos en el ritmo impuesto por nosotros mismos, no por la sociedad.

Los pueblos nos esperan con los brazos abiertos. Los abandonados, los turísticos, los más bonitos de España, los olvidados, los cercanos y los lejanos. Pueblos de los que venimos y a los que siempre volvemos. Lugares con encanto que guardan la esencia de nuestros antepasados y una gran parte de nosotros mismos.

En breve nos reencontraremos en ellos. Recargaremos nuestra propia batería, eligiendo esos instantes tan necesarios en los que necesitamos estar sin cobertura, tan solo con nosotros mismos.

Es el momento del mundo rural, más que merecido. Experimentar una simbiosis total con la naturaleza. Abrazarla. Cuidarla. Sentir que volvemos a ese lugar seguro en el que nos sentimos protegidos.

Aunque en agosto de 2020 todo suene diferente. Ante la locura se impone la prudencia. “El enemigo invisible” sigue al acecho y ante cualquier debilidad ataca, incluso a los que se consideran imbatibles. Pero nadie lo es porque, aunque no lo sepamos, podemos herir gravemente a los que tenemos a nuestro alrededor.

Pueblos que nos acogen con los brazos abiertos, pero piden respeto ante el miedo a los rebrotes. Municipios que se visten de colores y mascarillas, celebrando la alegría de la vida, del reencuentro. Momentos que suman. Eso piden, tan solo eso. Y si nos dan tanto, ¿no vamos a ser capaces de devolverles una mínima parte?

Felices vacaciones recordando las tres “M”: metro de distancia, lavado de manos y mascarilla.