Te extraño en la noche oscura. Te busco, pero no estás. Un silencio atronador se ha apoderado del pequeño pueblo. De la gran ciudad. Del mundo entero. Y entre el silencio y la soledad te echo de menos.

Nunca un metro de distancia me pareció tan lejos. Un abrazo tan necesario. Un beso tan íntimo.

En este instante no importa de qué país seas. El lugar del planeta en el que te encuentres. Tu color de piel o tu estatus social. Ese metro de distancia nos une, al tiempo que nos aleja. Y nos hace recordar que solo una tenue línea separa al invencible de la fragilidad.

En esta calma tensa los pensamientos quieren salir a borbotones. Las palabras se aturullan. El corazón late a un ritmo vertiginoso cuando la comunicación se restablece. Tantas cosas por decir. Tantos momentos por vivir…

En esta independencia del metro entre tú y yo valoro mis pequeños momentos. Mi propio espacio. Ese estar conmigo misma, tan necesario. Pero esta corta distancia me ha servido para darme cuenta de lo importante que eres en mi vida. De que te has convertido en mi complemento ideal.

Miro un poco más allá y pienso en aquellos que, obligados a estar juntos, sienten que hay un abismo entre ellos con tan solo un centímetro de separación. ¡Qué duras deben de ser las cadenas! Y qué maravillosa la libertad compartida, esa que tú y yo llevamos por bandera.

Hoy, más que nunca, el mundo entiende y necesita el significado de la libertad. Pero también ha comprendido el verdadero valor de todos aquellos que forman parte de su realidad. Porque cada uno es la pieza perfecta de un puzle en el que, si una se pierde, queda incompleto.

Tal vez mañana cuando despertemos, lo hagamos abrazados otra vez. Y recordemos que los malos momentos sirven para hacernos un poquito más fuertes y valorar a quien realmente vale la pena, a nuestro lado.