La historia de Bonilla de la Sierra está muy vinculada a la Edad Media tras su donación, por parte de la corona, al obispado de Ávila, en el siglo XIII. Sin embargo, vamos a adentrarnos en la vida de Bonilla en el siglo XIX, de la mano del político y jurista Juan Martín Carramolino y de uno de los “artífices de la decadencia de la villa”, el también político Pascual Madoz.

En 1872 Juan Martín Carramolino publicó “Ávila: su provincia y obispado”. Una amplia retrospectiva en la que podemos descubrir la importancia de Bonilla a principios del siglo.

En las primeras décadas Bonilla sobresalía en la organización de la provincia. El autor destaca la demarcación y nomenclatura de los pueblos abulenses hasta el año 1833, en una Ávila conformada por partidos o estados. Bonilla era uno de esos tres partidos. Los otros dos: Villatoro y Villafranca. El de Bonilla aglutinaba a Becedillas, Cabezas de Bonilla, Casas del Puerto de Bonilla, Malpartida, Mesegar y Tórtoles.

La Adrada, las Navas del Marqués. Oropesas, Navamorcuende, Miranda y Mombeltrán formaban parte de los estados. Junto a ellos se hace referencia a pueblos sueltos o eximidos de partidos o sexmos, (división territorial que comprende cierto número de pueblos asociados para la administración de bienes comunes).

Relevante el apunte que hace Carramolino al comentar que en los partidos o estados sus “dueños o poseedores” disfrutaban, en mayor o menor medida, de derechos territoriales y jurisdiccionales. Todos ellos pertenecían al señorío circular excepto Bonilla, que era eclesiástico y estaba perpetuamente anejo al obispado.

En la obra no se vuelve a mencionar a la villa hasta el año 1872, pero antes de dar este salto en el tiempo nos detenemos en el “Diccionario geográfico-estadístico-histórico de España y sus posesiones de ultramar”. Dieciséis volúmenes de datos y descripciones de todas las localidades de nuestro país. llevado a cabo por Pascual Madoz. Periodista, escritor y político, Madoz destacó como Gobernador Civil de Barcelona, Presidente del Congreso de los Diputados y Ministro de Hacienda. Fue en este último cargo cuando llevó a cabo, en 1855, la Ley de Desamortización General, por la que se decretaba no solo la expropiación y venta de los bienes que le quedaba a la iglesia, también afectaba a los ayuntamientos. Esto fue la puntilla a la anterior desamortización, la de Mendizábal, en 1836, por la que se ponían en venta todos los bienes del clero secular, con lo que esto supuso para Bonilla, tan vinculado con el obispado abulense: el adiós a su época dorada.

Según el texto publicado, Bonilla contaba en 1850 con 150 casas. Ayuntamiento. Cárcel. Palacio. Pósito (almacén para guardar productos alimenticios). Escuela de instrucción primaria para ambos sexos, cuyo maestro disponía de una dotación de 1.300 reales. Una ermita (La Pasión). Y la iglesia parroquial San Martín, servida por un párroco con el título de arcipreste.

Añade que había muchas fuentes “de buen agua”, aunque se hacía uso de cuatro de ellas. Cinco molinos harineros y un lavadero de lanas. Dos anejos: Cabezas de Bonilla y Pajarejos. Y el despoblado de Casasola.

Califica el terreno bonillense de mediana calidad, con 450 fanegas de tierras cultivadas, 15 de ellas de segunda suerte destinadas a trigo, lino, patatas y nabos. Y 35 de tercera para centeno. Además de legumbres, frutas y verduras.

Como ganado predominaba el lanar, vacuno, cabrío y porcino, cría caza de conejos y perdices. Y pesca de truchas.

Como industria, la agricultura y el comercio. Y la exportación de lo sobrante.

1.214.300 reales como capital de los productos. Industria y fabril, 10.700 reales. Y de contribución 10.214 reales.

Madoz consideraba que los caminos de pueblo a pueblo estaban en mal estado. Y apuntaba que el correo se recibía de Piedrahita, por valijero, los miércoles y sábados, saliendo los miércoles y domingos.

Volvemos al relato de Juan Martín Carramolino tras la desamortización de Madoz y nos adentramos en 1872, año en el que Bonilla contaba con Cabezas de Bonilla y Pajarejos. El Lavadero, clasificado en aquel momento como casa de campo. La Posada de Chuy, denominada como casa-posada. La casa de tejeros, conocida como “La Tejera”. Y la caseta “El Ventorrillo”. Con una población de 1.020 personas: 554 hombres y 466 mujeres.

Destacable también el dato de que en esa fecha se celebraban en la provincia trece ferias anuales, a las que denomina grandes mercados de ganadería. Una de ellas tenía lugar en Bonilla, el 11 de noviembre.

El autor alaba en esa época los productos naturales abulense que cuentan, en su opinión, con riqueza suficiente para hacer frente a todas las necesidades. Y entre “las bondades” de todos ellos refleja “los magníficos lavaderos de lanas finas del Barco y de Bonilla”, significativos de la industria de la época.

Por último, hace referencia a los pueblos de la Diócesis que contaron en algún momento con santos o personas a las que califica como venerables. Y en este sentido, de Bonilla menciona a Francisco de Soto y Salazar, obispo de Salamanca, antes provisor de Ávila, que también fue inquisidor.

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