La España rural cambia por unos días de cara. Se muda, dejando a un lado el hábito de la soledad para ataviarse con el mejor traje, ese que solo se luce en momentos especiales. Y este lo es porque las ciudades se vacían, sabiendo que quien en ellas viven, ansían encontrar algo que las grandes urbes no les podrán ofrecer: la paz que, a veces, necesita el alma.

Extraños seres los humanos, que hace años iniciaron el éxodo hacia ellas y hoy buscan refugio en los parajes que antaño abandonaron. Pero no importa, piensan todos aquellos pueblos que apenas cuentan con escasas docenas de habitantes. Vale la pena cuando reciben el abrazo amigo, el beso sincero, el calor humano… Y así, durante los fines de semana, las fiestas nacionales, los periodos de vacaciones… Vuelven a sentir el bullicio que un día marcó su rumbo: el de unos pobladores que crearon, a golpe de amor y esfuerzo, la historia de cada uno de sus rincones.

Sí, es cierto, hoy nada es como ayer y en esa España rural vacía, donde dominan la soledad y la veteranía de sus pobladores, se llora por cada vecino que se va pero también se ríe con cada uno que vuelve. Y esos, los que regresan una y otra vez, no olvidan que en sus venas anida el ADN de unos antepasados que les inculcaron el valor de pertenencia. Esa que en las grandes capitales, a veces se diluye.

El futuro no está escrito y, aunque el mismo, tal vez, no pase por la vuelta definitiva al mundo rural, siempre habrá un momento para volver en busca de nuestras raíces. Bonilla de la Sierra es un claro ejemplo de ello.