Las miradas del pasado se entremezclan con las del presente, en la exposición que Bonilla de la Sierra está llevando a cabo en la sede de sus antiguas escuelas. Una exposición en la que, a través de unas 100 instantáneas, el objetivo ha captado la manera de vivir de un pueblo en blanco y negro.

Bonilla nos muestra un regreso al ayer. Una obra en la que el tiempo se detuvo en un siglo XX en el que las casas no tenían agua. Sin calles empedradas. Y con una vida, en la que, sin apenas comodidades, parecía feliz.

Hombres, mujeres y niños conscientes de su paso a la posteridad. Con la mirada fija en, probablemente, una de las escasas cámaras del Valle del Corneja. Orgullosos de sí mismos, y de los suyos, posan ante el fotógrafo que, sin saberlo, vuelve a ponerles en el punto de mira.

En esta muestra fotográfica están nuestros padres, abuelos, bisabuelos, vecinos, amigos… Algunos desconocidos que, aunque formaron parte de sus vidas, no están en las nuestras. Pero dejaron en Bonilla su impronta y personalidad.

Casas que apenas conocemos tras su lavado de cara. Una iglesia que muestra una torre que ya no existe. El castillo, de fondo, imperturbable al paso del tiempo. La Cruz del Risco con exclusivas modelos. Y algún que otro punto imposible de identificar.

Nuestras miradas se posan sobre las suyas, orgullosos de su existencia. Al tiempo que mostramos, a quienes nos quieren oír, quiénes formaron parte de nuestra familia. Y, como en un juego, intentamos descifrar la incógnita de aquellos rostros que se resisten a su identificación

Unos y otros, nosotros y ellos, tenemos algo en común: el amor por Bonilla. Ellos lo dieron todo por este pueblo. Ahora nos toca a nosotros estar a la altura. Va por ellos…