Hay momentos que siempre quedarán en la memoria colectiva. Instantes, de los que independientemente del lugar del mundo en el que preguntes, alguien tendrá algo que aportar. Son esos minutos, horas, días… que se adueñan del corazón.

Hoy el coronavirus es el protagonista. El miedo al enemigo común nos hace mantener los ojos pegados al televisor y las puertas cerradas. Nos obliga a ser prevenidos tras el aumento en el número de contagiados. Y a intentar llevar la normalidad de una vida al reducido espacio de nuestro hogar.

Una vida en la que la maravillosa inocencia de los niños hace que todo lo que hay alrededor sea especial. Porque ellos no entienden de virus ni de palabras extrañas. Solo del amor hacia quien es hoy es su verdadero protagonista y héroe: su padre.

Día del Padre agridulce

Hoy es el Día del Padre. Un día especial. Y lo es porque muchos menores pueden disfrutar 24 horas de ese progenitor del que, en otras ocasiones, tan solo disponen durante un tiempo reducido. Hoy los dibujos no se han hecho esperar. Y las paredes de los domicilios han coloreado un mundo que nunca podrá ser gris cuando alguien quiere verlo de colores.

Pero también está la otra cara de la moneda. La de hijos y padres que viven en la misma ciudad pero no en el mismo domicilio y que por las restricciones no podrán verse. Aquellos que viven en otros países. O en la España vaciada a la que hoy no podemos acceder. Los hospitalizados o los mayores aislados en residencias… Cada hijo o hija buscará la fórmula para hacerles llegar ese momento de felicidad que merecen.

Siempre damos por supuesto que nuestros padres saben cuánto les queremos pero ¿qué pasaría si de vez en cuando lo manifestáramos? Simplemente, que serían más felices. ¿Por qué no lo intentamos? Seamos como los niños. Pintemos de color el mundo gris de los últimos días y hagamos que ese color nos ilumine perpetuamente. Y que cada día sea nuestro particular Día del Padre.